AMAZONAS

Escrito por: Amaunet / Retoques por: Marita

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        CAPITULO 13

        O'Neill miró tratando de ver entre la tenue oscuridad. Sin duda algo se acercaba. Jackson trató también de agudizar su vista para por lo menos estar preparado si algo les atacaba, aunque las circunstancias les harían perder casi sin ninguna duda. Se acercaba con pasos muy sigilosos, y no parecía tratarse de una amazona, pues sus pisadas hubieran sido mucho más ligeras. De repente, el silencio se hizo de nuevo. Ambos hombres permanecieron inmóviles casi sin atreverse a respirar. Los arbustos se apartaron de golpe y un rostro apareció entre la maleza.
- ¡Eh!.- dijo algo al otro lado de las altas matas en un susurro. O'Neill cerro los ojos con cierto alivio. Jackson trató de respirar más despacio. Por un momento creía que el corazón se le iba a salir del pecho.- ¿Os encontráis bien?
- Yolao, nos has dado un susto de muerte.- dijo Jack también en un susurro.- ¿Crees que podrías echarnos una mano?.- Jackson miró a su alrededor, parecían estar solos, pero no debían confiarse, y las matas no estaban suficientemente cerca como para mantener a Yolao oculto todo el tiempo. Si quería liberarles tendría que acercarse, corriendo el riesgo de ser capturado también. En un movimiento rápido el joven consiguió alcanzar el poste de Jackson y se agachó con sigilo tras él.
- Escucha Yolao. Hemos tratado de convencer a Hipólita, pero es reacia a creernos.
- Más bien no cree una sola palabra de lo que le hemos contado.- dijo el coronel.
- Las Amazonas creen en Artemisa como única salvadora.- comentó Yolao en un susurro.
- Pues más bien deberían hacerlo como única suicida. Va a llevarlas a la muerte Yolao.- dijo Daniel.- Shekmet va a enfrentarse a Apophis y sin duda no tienen ninguna oportunidad.- Yolao se quedó pensativo, si no hacia algo, muchas de las mujeres del poblado iban a caer en una batalla inútil.
- Tengo que hablar con ella.- dijo con nerviosismo.- He de tratar de convencerla…
- Espera…- dijo Jackson tratando de tranquilizarle aunque sólo fuera por unos segundos.- Hay algo más.- El joven le miró esperando que le contará las novedades.- Escucha Yolao, ¿sabes por qué Hipólita es el brazo derecho de Shekmet?.- el joven le miró durante unos segundos y después sonrío.
- Ella me lo ha negado… pero, entonces… tengo una hija.- dijo pensativo.
- No exactamente.- comentó Jackson tratando de encontrar las mejores palabras para darle la noticia al joven.- Verás, creo que Hipólita tuvo un bebé, pero fue un niño…
- No puede ser. Si fuera así, me habrían llevado al bebé al poblado. Ellas no permiten hombres en su tribu.
- Me temo que Hipólita no pudo hacer eso Yolao, porque Shekmet la ordenó acabar con la vida del niño.
- ¡¿Qué?!.- exclamó el joven casi en un grito.
- Daniel cree que es posible Yolao, pero sólo ella tiene la respuesta.- dijo O'Neill viendo la cara de pavor del joven ante la posibilidad de que aquello fuera cierto.
- He de conseguir… hablar con ella.- comentó de nuevo casi con un hilo de voz.
- Al parecer ha ido a buscar a Carter.- dijo O'Neill.- Nos ha dicho que se realizará un combate entre una de las amazonas contra ella. Al parecer nosotros somos el botín.
- Vi desde la ladera dónde la tienen.- dijo pensativo.
- ¿Dónde?.- preguntó Jackson con preocupación.
- En una celda al otro lado del poblado.
- ¿Y Teal'c?.- preguntó O'Neill.
- No le vi salir del templo. Supongo que aún sigue dentro.- dijo cogiendo un cuchillo de mango de marfil que sacó de una de sus botas. Se lo colocó en las manos a Daniel.- Iré a buscarla. Vosotros escapad.
Mientras decía aquello echó a correr de nuevo hacia la maleza. O'Neill le miró alejarse, quizás no fuese tan buena idea que fuera al encuentro de ella. Existía la posibilidad de que le apresaran a él también. Durante un segundo pensó en aquella posibilidad y sólo de algo estaba seguro. Tampoco hubiera podido impedírselo. Mientras, Jackson había girado el cuchillo entre sus manos hasta lograr acercar el filo a las cuerdas que le aprisionaban produciéndole un fuerte dolor en las muñecas. Lo movió con la mayor agilidad que pudo para comenzar a cortarlas.
- Date prisa, no sé de cuánto tiempo dispondremos.- comentó O'Neill mirando a su alrededor por si alguien se acercaba.
- Vale, calma, no me metas prisa, ¿quieres?.- se quejó Daniel que sentía cómo las cuerdas se aflojaban poco a poco.
- Venga…- insistió O'Neill con nerviosismo.
- Un momento, estas cuerdas son muy fuertes…- de repente sintió como la circulación volvía a la punta de sus dedos y sus manos heladas sentían de nuevo el riego sanguíneo. Trató de cortar las ataduras más deprisa, con un movimiento brusco, el cuchillo se le escapó de las manos. O'Neill que miraba hacia otro lado, escuchó el sonido de algo al caer. Miró al arqueólogo frunciendo el ceño.- Oh oh.- dijo Daniel mirando alrededor de sus pies buscando el mango de marfil en el suelo.
- ¿Y ahora qué pasa?.- preguntó el coronel.
- Se me ha caído el cuchillo.- dijo éste tratando de encontrar el cuchillo en el suelo.
- ¿Qué?.- dijo O'Neill mirando hacia el pie del poste de Daniel para ver si alcanzaba a verlo.- No es el momento de bromear Daniel.
- No bromeo. Se me ha caído el cuchillo.- dijo deslizándose por el poste hasta acuclillarse todo lo que le permitían las cuerdas de sus pies y tratando de tantear el suelo en busca del arma. Al hacerlo se arañó la espalda con el poste, pero apenas sintió el dolor debido al nerviosismo que sentía en ese momento.
- No me lo puedo creer, ¿pero cómo lo has dejado caer?
- ¿Acaso tu tienes sensibilidad en los dedos? Porque yo hasta hace sólo unos segundos, tenía dormidas las manos ¿sabes?.- tanteó el suelo tratando de buscarlo.- Además, no soy nada habilidoso para los trabajos manuales.
- No hace falta que me lo jures.- dijo O'Neill con sarcasmo.
- Es Sam… la mañosa… Yo sólo soy un pobre arqueólogo helado de frío y calado hasta los huesos.- dijo haciendo un esfuerzo tratando de llevar sus manos todo lo lejos que podía. Al mirar tras él, Jack divisó el único utensilio en esos momentos que podía sacarles de allí.
- Detrás de ti, está detrás de ti.- dijo con nerviosismo.
- Ya, eso lo sé.- dijo Jackson sin dejar de tantear. Pero lo único que alcanzaban sus manos era la arena de la zona.
- Un poco más allá.- dijo viendo que aún le quedaba un trozo para alcanzarlo.- Más a tu derecha.- Jackson trató de seguir las indicaciones del coronel, pero el cuchillo había caído muy lejos de su alcance.
- ¡¡Mierda!!.- exclamó Jackson con furia.- ¿Por qué diablos me dio el cuchillo a mí?.- dijo. O'Neill se quedó pensativo. En ese momento aquello poco importaba.
- Da igual.- dijo tratando de que se sintiera mejor.- Buscaremos otra forma. Es posible que Yolao vuelva de nuevo.
- Ya, y también es posible que yo haga levitar el cuchillo.- dijo Jackson con enfado. O'Neill le miró pensativo.- Tranquilo. Es sólo una forma de hablar. No tengo ninguna intención de perder el tiempo intentándolo.- Dijo a la vez que propinaba un tirón a las ataduras. Tan sólo había conseguido que la circulación sanguínea corriera de nuevo por sus doloridas manos. Ya no se le clavaba la fibra de la cuerda en sus enrojecidas muñecas. Pero ambos brazos aún seguían unidos a aquel poste sin posibilidad de soltarse, o por lo menos hasta que alguien viniera a ayudarle.

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        Estaba demasiado cansada para pensar. Tenía completamente dormidas ambas piernas. Había tratado de tumbarse en aquel pequeño cubículo intentando así sentirse un poco más cómoda. Lo único que había conseguido al hacerlo era que ahora todo el brazo derecho, desde el hombro hasta la punta de los dedos, se le hubiera quedado adormecido lo que le hacía sentir un incómodo hormigueo. Trató de incorporarse de nuevo y al hacerlo, se golpeó la cabeza con los barrotes superiores. Se agachó con un movimiento instintivo. Aquello empezaba a ser mucho más que una tortura. La mitad de sus músculos estaban agotados, y la otra mitad completamente adormecidos. No podía moverse sin sentir dolor, y tampoco podía poner una parte del cuerpo más cómoda sin acabar dolorida la otra. Trató de pensar en el destino de sus compañeros. Ni siquiera podía saber si estaban tan mojados y helados como ella. Además, aquella ropa de cuero no ayudaba a darla algo de calor. Agradecía por lo menos que hubiera dejado de caer agua tan torrencialmente. Por sólo uno segundos pensó que el barro que se había formado alrededor de la pequeña cárcel de madera, la haría desaparecer como si de arenas movedizas se trataran. Sabía que aquello no podría durar mucho. Miró hacia el cielo. En sólo unas horas amanecería. Estaba segura de que la sacarían de allí. Además, tarde o temprano, descubrirían que no era una amazona y quizás de esa forma, la llevarían junto al coronel y Daniel donde quiera que estuvieran. Estar completamente sola en un planeta desconocido no le hacía ninguna gracia.
        Mientras pensaba en aquella posibilidad, fue entonces cuando se dio cuenta de que alguien se acercaba. Por el mismo camino que hacía unas horas ella misma había cruzado junto a su carcelera, se aproximaba la silueta de una mujer. Se percató de quién era cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que la luz del satélite de aquel planeta la dejara ver. Con paso firme, Hipólita se acercaba a su cárcel de barrotes de madera. Se paró justo delante de ella sin decir una sola palabra. Carter la miró tratando de levantar la cabeza hacia la cara de la joven. Aquella posición hacía que se le agarrotaran los músculos del cuello. Entonces llegaron hasta sus oídos unos zumbidos que le fueron familiares. Trató de mirar hacia dónde se escuchaban, pero unas edificaciones de paja, junto a la incómoda celda, se lo impedía. Hipólita miró hacia allí. Sabía perfectamente qué era lo que ocurría. Segundos después el cielo se llenó de planeadores que comenzaron a salir en formación. Junto a ellos, salieron además del templo, todo un despliegue de naves de carga y por último unas extrañas naves que Sam no había visto nunca. En forma de platillo y mucho más veloces que todas las anteriores, surcaron el cielo alejándose del planeta.
- Ahí van las naves que harán de las de Apophis sólo basura en mitad del espacio.- comentó Hipólita sin dejar de mirar hacia el firmamento.
- ¿Shekmet pretende atacar a Apophis?.- preguntó Carter con un hilo de voz y tratando de dejar que los dientes la castañetearan por el frío que sentía.
- ¿Te sorprende?.- preguntó Hipólita con una sonrisa.
- Lo que me sorprende es que tú no te hayas percatado de que esas naves van hacia una muerte segura.- dijo Carter.- Apophis las destruirá. Sabes que su contingente en mucho mayor.
- Pero será pillado por sorpresa. Y por supuesto, Apophis no tiene todas su naves aquí. Ha traído sólo una pequeña parte. Lo hemos detectado en nuestras pantallas. Ni siquiera se ha alejado demasiado de nuestro planeta.
- La nave de Shekmet está inutilizada.- dijo Carter.- Si os atacan no tendréis escapatoria.
- No atacará. No le dará tiempo a reaccionar. Y en cuanto al peltac, estamos trabajando para arreglarlo. ¿Acaso no quieres saber cuál es tu destino?.- le preguntó de repente.
- Por lo que veo…- dijo haciendo una parada para tratar de mover el cuello dolorido.- El mismo de siempre. La sumisión a las órdenes absolutas de Shekmet. Al parecer nuestro destino está en sus manos.- Hipólita sonrió ante sus palabras.- Es curioso. Yolao aseguró que sólo ellos disponían de su propio destino, y que sólo de ellos dependía que eso cambiara.
- Esos son historias muy antiguas ¿no te parece? Eso cambió hace ya mucho tiempo.
- Es verdad. Cambió por culpa de Shekmet desde hace demasiado tiempo. Tú lo llamas Destino. Yo lo llamo Libertad.- la joven se la quedó mirando.- Libertad para elegir a quién querer, a quién adorar, qué camino escoger… pero está claro que Shekmet ha hecho olvidar esa palabra a todo el poblado.
- Antes éramos esclavas de nuestros maridos…
- Claro, y por eso elegiste la esclavitud menos degradante de Shekmet. Pero recuerda, son historias antiguas. Antes podrías haber elegido. Haber hablado con tu esposo y haber exigido otro trato mejor. Ahora no podéis elegir porque ella decide por todas a su antojo.
- Parece mentira que esas palabras puedan salir de una amazona.- dijo ella con sorpresa.
- Será porque en estos momentos no pienso como amazona sometida, sino como una simple mujer. Hasta de ese derecho básico ha privado Shekmet a las amazonas.
- No pienso quedarme aquí a escuchar tus insensateces.- dijo ella.- Esos hombres te han lavado la cabeza con ideas descabelladas. Sólo estoy aquí para anunciarte que Shekmet ha decidido tu Destino. Cuando amanezca se comenzará a preparar una Gran Ceremonia. La propia Shekmet estará presente. En ella tendrás que luchar contra una de nosotras. La amazona que te venza podrá disponer de uno de los hombres, el otro quedará a disposición de Shekmet. En cuanto al Jaffa, si no conseguimos la información que queremos de él es muy posible que Shekmet ordene que se le extraiga a su dios de su interior, aunque si le arrancamos una confesión, aquella que lo consiga, podrá decidir su Destino.- Carter la escuchaba con detenimiento. Su futuro no era muy alentador, aunque era mejor que el de O'Neill, Daniel o Teal'c. Estaba muy claro que aquellas mujeres no soportaban a los hombres entre ellas. Aquella era una prueba evidente.
- ¿Y qué pasa si gano yo?.- preguntó de repente Sam. La amazona la miró unos segundos antes de romper a reír en carcajadas.
- ¿Hablas en serio?.- preguntó.- ¿Crees que cuando salgas de esa cárcel de madera podrás tenerte en pie?
- Me enseñaron a no subestimar a mi oponente.- dijo Sam pensativa.- No sé si tú has aprendido demasiado bien esa lección.
- Si remotamente eso ocurriera. Shekmet decidirá. Teniendo en cuenta tu traición, no creo que sea justa.- De repente Hipólita se quedó en silencio. Igual que Sam había notado que alguien se acercaba por detrás. La joven se giró de golpe sorprendida agarrando con fuerza la lanzadera de mano.
- ¿Vas a matarme?.- le preguntó una voz que Carter identificó enseguida. Hipólita miró a su interlocutor con sorpresa.
- O eres muy valiente o muy estúpido para atreverte a venir hasta aquí.- dijo con sequedad.
- Estoy aquí para hablar contigo Hipólita. Necesito que me escuches y dejes de empuñar ese arma contra mí.- la joven río.
- Podría matarte ahora mismo por tu osadía…
- Podrías, pero te aseguro que si eso es lo que decides hacer, no lo harás antes de haberme escuchado.- la amazona le miró pensativa. Sin duda desconfiaba sobre qué hacer.- He venido hasta aquí para decirte que siento mucho haber tardado tanto en decirte lo equivocado que estaba. Mis palabras son además en nombre de todos los hombres que hemos sido abandonados en Heraclea por razones que quizás entendí en su momento, pero que ahora no comprendo y temo. Sé que no nos comportamos correctamente, que hicimos muy mal en trataros cómo lo hicimos pero… créeme cuando te digo que estoy muy arrepentido.
- Tarde Yolao. Esas disculpas ya las he escuchado. Fue tarde entonces y más tarde es ahora.
- Es posible que ninguno de nosotros os merezca. Comprendemos la decisión y hemos aprendido a vivir con ella. Decidisteis escapar de nuestro lado por el trato que os dábamos. Y os unisteis a esta causa que os hace tan poderosas guerreras, pero tan abandonadas y solas en mitad de este lugar…
- No estamos solas. Shekmet nos protege y acompaña. Siempre.
- Antes… jamás hubiera osado decirte esto Hipólita. Pero después de ver como habéis tratado a los extranjeros en contra de todo lo que nos enseñó nuestro mentor…
- ¡Que era un hombre!
- Fue quién nos dio un lugar en el que vivir. El que buscó este planeta para nosotros apartando de él todo el antiguo mal. Aquel al que vosotras os habéis unido ahora. Heracles acabó en otras ocasiones con los intentos de conquistas de esos dioses. He temido por tu vida desde que saliste de nuestro hogar para unirte a esta causa. Siempre he sabido que eras una mujer muy fuerte… ahora sé que no lo eres. Eres débil. Los extranjeros me lo han mostrado.
- ¿Qué?.- preguntó ella sin entender.
- Has dejado que tu diosa acabe con la vida de nuestro hijo. De esa forma tienes el puesto que ahora dices llevar con orgullo. A costa de nuestro hijo, de mí hijo. No tengo ningún derecho hacia ti. Pero en cambio, sí lo tengo sobre aquel que nació del fruto de ambos. Y tú has permitido que acaben con él.- La joven le miró con total perplejidad. No podía creer que Yolao supiera aquello.
- Eso no es verdad.
- ¿Qué no es verdad Hipólita? ¿Qué tuviste un niño o que Shekmet lo mató para darte el puesto que hoy ostentas? ¿Dime?
- Yo quise que él estuviera contigo pero… no pude elegir.
- Pudiste hacerlo Hipólita.- interrumpió Carter en ese momento. Aquellas nuevas revelaciones quizás sirvieran para convencer a aquella mujer de su error.- Fue Shekmet la que decidió por ti y pudiste decidir en ese momento en vez de doblegarte.- Hipólita miró a Sam. Las dudas que sentía crecían por momentos. Su hijo. Jamás debió tener un hijo. Si hubiera sido una niña todo hubiera sido muy diferente.
- Ella… ella me prometió que me daría el mayor don que podría recibir en vida. Cuando nació el niño me ordenó deshacerme de él. Pensé en llevártelo para que tu te encargaras de él dado que aquí sólo pueden quedarse las niñas pero… ella dijo que debía hacer un sacrificio en su honor. Que sólo así me concedería el don que me hubiera dado siendo pura y habiendo tenido en mi seno una guerrera.
- ¿Y te ordenó matar a tu hijo?.- preguntó Carter. La joven no contestó. Se limitó a afirmar con la cabeza.
- Escúchame Hipólita. ¿Crees que un Dios de verdad, un Dios misericordioso y bueno, que según tú trata de cuidaros por encima de todo, permitiría ver cómo una madre pierde a un hijo de esa forma? ¿Matándolo con sus propias manos?
- Y después te obliga a cuidar de un niño que te entrega sabiendo que tú perdiste al tuyo y no te dejó tenerlo contigo.- le recordó Carter.
- Es el hijo de Apophis. Él es…
- Es un niño Hipólita. Un niño con el que Apophis pretende dominar haciendo el mal en toda la Galaxia.- dijo Carter.
- Shekmet va a acabar con él. Ha mandado a nuestras naves contra Apophis.
- No va a vencer.
- Nosotras nos alzaremos con el poder.
- Os perderemos a todas si seguís obedeciéndola ciegamente. Perderemos nuestro hogar también y todos quedaremos bajo el yugo de Artemisa. Heracles nos lo dijo una vez, los dioses quieren tener el control de los hombres. Está ocurriendo Hipólita. Tratan de dominarnos como antaño.- las dudas pesaban demasiado sobre la joven. No podía creer que en ese momento estuviera dudando de la fe que le procesaba a su diosa. Se estaba dejando llevar por mentiras, tenían que serlo. No podía dejarse caer.
- Tratáis de confundirme eso es todo.
- Tratamos de ayudarte.- dijo Carter.
- No. Tú has traicionado a tus hermanas y te has dejado convencer por esos hombres.
- Ella ni siquiera es una amazona.- la interrumpió Yolao.- Vino junto a los otros tres hombres para abrirnos los ojos en Heraclea y para tratar de hacerte comprender lo confundida que estás.- La joven miró a Carter con sorpresa. Por eso no conseguía recordar a qué grupo de la gran tribu de Amazonas pertenecía. Ni siquiera era una de ellas.- Ha arriesgado su vida, igual que los otros para hacernos llegar el mensaje y rescatar al niño que te ordenaron cuidar.
- No hemos venido a haceros daño.- dijo Carter esperando convencerla. Ahora que Yolao había desvelado su verdadera identidad esperaba lograrlo.- Si hubiéramos querido hacerlo, no me habría hecho pasar por una de vosotras. Hubiéramos acabado con la vida de la joven que portaba estas ropas que ahora yo llevo puesta. Ella está junto al río. Tuvimos que amordazarla para impedir que nos delatara.
- Y así accedisteis al poblado.- dijo ella pensativa.- Ahora entiendo por qué tus palabras eran tan diferentes.
- Y podríamos pensar igual si me hicieras caso. En mi planeta yo decido igual que un hombre e incluso hago su trabajo.- la joven la miró con sorpresa.- Eso mismo podría ocurrir aquí.
- ¿Su trabajo?
- Yo lo he visto.- dijo Yolao.- Es una mujer guerrera en su planeta. Ella y los hombres vinieron a través del "Zaras Jastrasi" buscando salvar a ese niño. Lo han secuestrado para hacer el mal y debemos ayudarles a impedirlo.- En ese momento Hipólita sólo podía pensar que tenía encerrada en aquella cárcel a una mujer que no sólo la había engañado haciéndose pasar por una de sus hermanas, sino que además ni siquiera era de Termodonte y que para colmo, aseguraba ser una mujer guerrera en su mundo, donde quisiera que aquello estuviera. Entonces pensó en los dos hombres que tenía atados a los postes por orden de Shekmet y al hacerlo, no comprendió cómo habían permitido ellos que aquella mujer tuviera un mismo nivel social. Sam sintió que por fin la estaban haciendo dudar, acababa de echar por tierra toda la base que hasta ahora ella creía su verdad universal. Su dios al parecer no lo era, y su inferioridad era algo que podía cambiar sin necesidad de llevarlo a tal extremo. Daniel la hubiera dicho que estaba a punto de acabar con la ideología de una raza, claro que aquello no la importaba si con ello conseguía hacer lo justo y sobre todo salir de aquel atolladero.
- Has de hacer algo.- dijo de repente Yolao sacándola de sus pensamientos. Hipólita le miró, estaba demasiado confundida para pensar, demasiado aturdida para entender y diferenciar lo que estaba ocurriendo.
- Vete de aquí Yolao.- dijo con un hilo de voz.- Vete antes de que me arrepienta de haberte dejado escapar debido a la confusión que en estos momentos tengo… vete.- el joven no parecía dispuesto a contradecirle aquellas palabras. Sam pensó que quizás era lo mejor. Si por lo menos no la convencían, al dejarle libre, tendrían una oportunidad de que él mismo llevara a cabo su fuga. Tras mirarla unos segundos el joven sonrío con dulzura y después se giró para echar a correr hacia la espesura de las matas. Hipólita se giró entonces para mirar a Sam.- He de hablar con… Shekmet.- Carter se sobresaltó ante sus palabras.
- Si la revelas lo que te hemos dicho, te matará. No lo dudará.- Hipólita se limitó a mirarla sin decir una sola palabra. Se giró para regresar por el mismo camino por el que había venido dejando de nuevo a la mayor allí sola. Estaba decidida, hablaría con Shekmet. En esos momentos su cabeza estaba llena de demasiadas preguntas sin respuestas. No comprendía dónde encajaba en toda aquella historia el Jaffa de Apophis que vino según Yolao también con los dos hombres y la mujer, no entendía por qué aquella historia la hacía sentir tan débil y tampoco podía saber en ese momento cuál era la mejor forma de resolver todas aquellas cuestiones. De algo si estaba segura, había dado su vida por lo que ahora era, y estaba dispuesta a todo por defender lo que creía siempre y cuando no fuera una creencia infundada. Quizás Shekmet tuviera alguna respuesta.

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        Toda aquella flota salió a un tiempo del hiperespacio para impedir de esa forma que su presencia les delatara. El viaje espacial les había llevado en sólo unas horas a un gigantesco planeta azul con un enorme satélite girando a su alrededor. La comandante principal de las amazonas miró el panel de control de su nave, rápida y ligera. Todo estaba preparado. Desde su posición podía ver la enorme nave del dios Apophis que permanecía estática en la órbita del planeta, sin ninguna intención de moverse de allí por el momento. Las órdenes eran precisas, y todas ellas conocían qué debían hacer. Por medio de aquel ataque sorpresa acabarían con él. Las naves salieron del hiperespacio prácticamente en formación, tal y como habían entrado en él. Acto seguido se lanzaron contra su objetivo. La nave de Apophis tardó unos segundos en reaccionar, el tiempo necesario para que su pequeña nave ligera se lanzara junto a las otras de su misma forma, contra las compuertas por donde el dios serpiente podría ordenar salir a su flota. Con disparos certeros, las naves de las amazonas acabaron con la posibilidad de que aquella enorme nave ha'tak dejara salir de su interior a las flotas de planeadores que podrían echar por tierra su plan.
Apophis dirigía desde el puente de mando el intento por sofocar aquel ataque del que desconocía su procedencia.
- Ordena hacer salir toda la flota.- le gritó al Jaffa encargado del peltac mientras sus ojos se iluminaban llenos de furia.
- Mi señor, han disparado con naves muy rápidas las compuertas de las salas de despegue de la nave. Están tratando de solucionar el problema.
- ¡¿Cómo es posible?!.- exclamó Apophis con ira.- Esas compuertas están ubicadas en lugares donde un rayo de un planeador no puede alcanzarlas. Además, no tienen suficiente potencia.
- Mi señor, manejan unas naves diferentes.- dijo a la vez que ponía en pantalla una de aquellas estructuras.- Señor, manejan Al-kesh . Son rápidos y maniobrables…
- ¡Sé lo que son!.- exclamó Apophis con rabia. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Él mismo había conseguido hacerse con el poder de aquella tecnología. En esos momentos sólo había en la Galaxia alguien que poseyera aquellas mismas naves.- ¡Sekhmet nos ha traicionado! ¿Cómo se ha atrevido? Debí suponer que si veía en Harsesis un poder tan grande podría intentar esto. ¡¡Acabad con esas naves!!
- Sí, mi señor.- dijo el Jaffa tecleando a toda velocidad en el peltac para informar al resto de la nave de la decisión de su dios.
En mitad del espacio, y junto a aquel planeta, los disparos del hat'ak comenzaron a tratar de acabar con las naves enemigas. Quizás no pudiera despegar sus naves de asalto, pero aquella estructura era autosuficiente para acabar con aquellas pequeñas naves, nada podrían hacer ni los planeadores, ni los Al-kesh, ni las naves de carga, por muchas que fueran.
La comandante de las amazonas, ahora que había visto cumplida la primera parte del plan, sólo pensaba en tratar de acabar con los disparos que los enormes tanques que la propia nave ha'tak de Apophis tenía en su estructura desde los que disparaba contra ellas. Ya había dado la orden. Tras inmovilizar sus tropas ahora debían inmovilizar su armamento. Si trabajaban en grupos bien organizados, vencerían.
Apophis miró a través del enorme ventanal de la nave lo que ocurría fuera de esta.
- Ordena inmediatamente el regreso de todas las naves que estén en el exterior.- dijo mientras no perdía de vista el exterior.
- Sí, mi señor.- contesto el Jaffa. Éste mandó entonces un mensaje a través del peltac. Un grupo de Jaffas, que habían aterrizado en el planeta más cercano en ese momento por orden de Apophis, para conseguir algún anfitrión más entre la población no tardaron demasiado en regresar a sus naves que esperaban inmóviles cerca del Stargate del planeta. Con ojos aterrorizados, en un rincón oscuro del santuario, Diana, sacerdotisa de Bastet, vio como aquellos guardias en vez de caminar hacia el templo, regresaban a toda velocidad de nuevo a sus naves. Se llevó las manos al pecho tratando de respirar con normalidad. Sin duda la diosa Bastet estaba de su lado impidiendo por alguna razón que aquellos guardias entraran en el templo justo cuando ella y un grupo de sacerdotisas más, se disponían a realizar el rito del amanecer. Las naves se pusieron en marcha, dos enormes planeadores y una nave de carga se elevaron en el cielo saliendo a gran velocidad hacia el espacio. Diana se levantó del suelo y trató de asomarse por la puerta del templo para mirar lo que en realidad ocurría. El viento hizo que su traje de lino se pegara a su cuerpo. Miró hacia el firmamento. A pesar de la luz del sol, podía ver como extraños fogonazos cruzaban el cielo a gran velocidad. Alguien atacaba a Apophis con naves más pequeñas. Por eso aquellos guardias habían sido convocados de nuevo a regresar. Quizás aquello les hubiera salvado por el momento del asalto. Ahora dependían de la derrota de aquella enorme nave que amenazaba su seguridad desde que los extranjeros cruzaran el gran anillo.

        CAPITULO 14

        Sehkmet no parecía nerviosa, a pesar de no poder tener noticias de cómo iba el ataque que había lanzado contra el ahora su oponente, Apophis. Desde sus aposentos, una enorme sala con una gigantesca cama en uno de sus lados, y varias estatuas enormes, con cuerpo humano y cabeza de leona dominaban la habitación. Sobre el lecho adornado con largas tiras de lino, yacía el camastro del pequeño Harsesis. La diosa ni siquiera se preocupaba en esos momentos de él. Miraba por un gigantesco ventanal hacia el poblado de las Amazonas. Había hecho de aquellas mujeres grandes guerreras. Sabía que no la defraudarían en la batalla. Quizás tuviera sus dudas en ganar, pero ahora tenía al niño en sus manos, y sin ninguna intención de entregárselo a su progenitor. Aquel sería ahora su heredero. El que dominaría toda la Galaxia junto a ella. Como diosa goa'uld tenía el poder de dar la vida a las larvas de los dioses. Se había vuelto la diosa más importante del sistema desde la muerte de Hathor, la que fue su única rival directa. Ahora sólo la diosa Nirrti podía preocuparla, aunque sin duda ella le haría sombra gracias al niño. Se haría con el poder de los Señores del Sistema si jugaba bien sus cartas. Tenía muy claro lo que debía hacer. Primero acabar con Apophis, después hacerse con el hacha de poder que uniría a su propio cinturón de oro para dominar, junto al niño, al que ella misma enseñaría según creciera, toda la infinidad de la Galaxia. También había pensado en el futuro de aquellos hombres. Elegiría entre ellos al más fuerte para conseguir su código vital y así crear larvas más fuertes aún. Desde que estaba en aquel planeta, entre tantas mujeres, aquel ritual no era seguido como ella hubiera deseado. Debía mantenerse fuerte ante ellas, hacerlas ver que no necesitaban a los hombres, salvo para lo que ellas desearan. Hasta ese momento se había conformado con agricultores mediocres para rearmarse e introducir en aquellas mujeres que hubieran tenido hijas, las larvas que ella misma había creado. Su plan de conquista debía seguir un curso marcado. Cuando Apophis hubiera pasado a la historia y tuviera bajo su dominio el cinturón, el hacha y a Harsesis, comenzaría su verdadera toma de poder. Por el momento dejaría que las Amazonas se pegaran por poseer a cualquiera de aquellos hombres, sin duda mataría a la traidora, después ella misma decidiría. Quizás se quedara con los tres… aunque pensándolo mejor, al Jaffa de Apophis era mejor darle muerte. Estaba convencida de que tan fuerte como era, no se doblegaría ante otro dios que no fuera el suyo. Si todo salía bien, las Amazonas que había enviado a dar muerte al dios serpiente la traerían esa hacha que ahora ella necesitaba. Sabía que aquel dispositivo era muy peligroso, pero igual que Herishef lo utilizó para impedir que los goa'uld accedieran a aquel mundo, ella lo usaría en su propio beneficio. Conocía las antiguas historias que rodeaban a aquellos utensilios perfectamente. No estaba dispuesta a permitir que volviera a ocurrir lo mismo de hacía tanto tiempo. Miró entonces hacia el camastro del Harsesis. En tiempos antiguos Herishef, aun teniendo en sí el poder de los goa'uld, se decantó por su poder humano debido a malas influencias, y no por su gran poder goa'uld. No permitiría que aquello ocurriera de nuevo con Harsesis. Desde que Herishef pereció dando la libertad a aquel planeta del yugo goa'uld, el hecho de poder tener hijos entre anfitriones y huéspedes había sido prohibido. Ahora de nuevo la historia había dado un giro trascendental. Tenía en sus manos al único ser capaz de poder manejar aquellas armas, como Herishef lo hiciera en su día, sólo que esta vez ella sería su mentora para apoderarse de tan preciado poder. Mientras pensaba en todo aquello escuchó el sonido de la puerta de la sala deslizarse. Al girarse vio a Hipólita en el umbral esperando que le diera una señal para acercarse.
- ¿Se tienen noticias del ataque?.- preguntó a la vez que volvía a mirar hacia el ventanal para ver los primeros rayos del día comenzando a iluminar el lugar.
- Se sigue trabajando en conseguir establecer comunicaciones, mi señora.- dijo Hipólita en un tono suave. No podía evitarlo, quizás la respetaba tanto porque la temía. Miró entonces hacia el camastro, el niño no parecía moverse.
- Pronto será nuestra la victoria Hipólita.- dijo.- ¿Te encargaste de todo lo que te pedí?
- Sí, mi señora. El Jaffa no ha proporcionado aún nueva información. Y yo misma me encargué de contarles el Destino a los hombres.
- ¿Está todo preparado en el poblado?
- Casi lo está, mi señora. Ya ordené preparar cada detalle y se trabaja para que todo esté listo en unas horas. Mi señora… ¿qué haremos cuando la victoria sea nuestra?.- la diosa se giró altiva ante la pregunta.
- Dominaremos primero el planeta, y llevaremos nuestras victorias más allá. Somos un pueblo guerrero que hará saber su poder mucho más lejos de sus fronteras.
- Los hombres aquí ya nos temen, mi señora.
- No hablo sólo de estos hombres, hablo de todos los hombres. Son iguales, ya lo sabes. Sólo el niño nos servirá para conseguir nuestros propósitos.- la joven la miró frunciendo el ceño, no tenía demasiado claro a qué se refería Shekmet al decir aquello. La diosa volvió a girarse para mirarla.- También dominaremos a ese niño. ¿Conoces las viejas historias Hipólita?.- la joven se quedó pensativa, sin duda se refería a aquellas que hablaban del que fue portador del hacha y el cinturón.
- Sí, las conozco. El hacha y el cinturón han formado parte de nuestra historia desde que Heracles las entregó a mi pueblo para defendernos. El cinturón ha sido símbolo de las Amazonas desde que nuestro pueblo decidió separarse de las órdenes de los hombres para dirigir su destino por si sólo.
- Nos hicimos con él y le entregamos el hacha a Apophis para impedir que éste nos pudiera atacar, dado que ambos utensilios juntos son peligrosos. Ese niño será quién porte ambas armas para hacernos vencedoras.
- Pero es un hombre… .- dijo Hipólita pensativa.
- Un hombre que lograremos dominar con nuestras enseñanzas y doblegarle a nuestra voluntad. Sólo él puede manejar ambas armas juntas, nosotras le enseñaremos y haremos que lo utilice a nuestro favor.- la joven se quedó de nuevo pensativa.- ¿Has logrado saber por qué esa amazona nos ha traicionado?.- preguntó de repente. Hipólita la miró sin saber qué contestar. Aquel era el momento en que debía decidir si contarle o no la verdad de todo lo que sabía a Shekmet.- Contesta… .- le dijo esperando una respuesta.
- No es una amazona mi señora.- le dijo decidiéndose. Shekmet la miró a la vez que sus ojos se iluminaban.
- ¿Y entonces?
- Supe que ella y los dos hombres cruzaron el Stargate junto al Jaffa viniendo de otro planeta.- dijo esperando ver la reacción en ella.- El Jaffa asegura ser Primado de Apophis, lo que no sé es si él los ha enviado o no.- Shekmet se quedó pensativa.
- Vaya… .- comentó sonriente.- De todas formas, vengan de donde vengan, no volverán a ver a Apophis. Esa mujer, luchará como estaba planeado contra una de vosotras para decidir el Destino de los hombres.
- ¿Y si vence?.- Shekmet se echó a reír ante las palabras de la joven.
- ¿Dudas de tu capacidad y la de tu pueblo, Hipólita?
- No mi señora, pero ella me aseguró ser guerrero en su mundo.
- Mentiras. Esa mujer está bajo el yugo de esos hombres, como siempre. La han traído hasta aquí para morir. Si cruzaron con un Jaffa es probable que sean guardias de Apophis.
- Pero sólo uno de ellos porta a un hijo de los dioses.
- Supongo que Apophis pretendía darles ese honor si lograban su objetivo. Robarnos el cinturón de poder y al niño. Se arrepentirá de haberlo tan siquiera pensado. Y si esa... mujer gana en la batalla, pensaré en hacerla portadora de uno de los hijos de los dioses. Quizás incluso podamos unirla a nuestra causa, ¿no te parece?.- Hipólita miró a Shekmet. En ese momento su confusión era absoluta. Era como si toda aquella historia hubiera hecho cambiar a su diosa de un solo golpe. En vez de deshacerse de los hombres como hasta ahora habían hecho, los utilizaba a su favor. Y a aquella mujer, en vez de darla muerte, si vencía la ofrecería unirse como guerrera Jaffa sin tan siquiera pasar por el ritual del parto de una niña, como ella debió pasar sin poder cumplir. Necesitaba pensar en todo aquello. Agachó la cabeza ante ella tratando de que ésta no notara su angustia. Por un segundo la punzada de temor la hizo pensar que como diosa lo sabría todo, incluso sus pensamientos.
- Se hará como disponga.- dijo en un hilo de voz.
- Retírate a prepararlo todo. Que me avisen cuando tenga que acercarme al poblado para esa celebración.- dijo a la vez que se giraba perdiéndola de vista. Hipólita levantó la cabeza extrañada. Quizás fuera sólo una ilusión pero, en esos momentos su diosa no sabía lo que estaba pensando. Y eso la hizo salir del cuarto mucho más confusa de lo que había entrado en él.

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        Yolao había corrido durante toda la noche para lograr alcanzar el poblado de Heraclea a tiempo, necesitaba llegar cuanto antes y convencer a su pueblo de que tenían una oportunidad de persuadir a sus mujeres de que volvieran a casa, y con ello, salvar a los extranjeros que le habían hecho ver la realidad. El sol estaba saliendo y aún le quedaba un trecho por recorrer. Aceleró la marcha aún más. Tenía que llevarles las noticias de lo ocurrido a su gente. Si no hacían nada muchas de sus mujeres morirían. Quizás en estos momentos gran parte de ellas jamás volverían a casa. Debían de conocer lo que estaba ocurriendo y oponerse a las decisiones de Artemisa. No podían dejar que por su mandato, sus mujeres murieran en una batalla inútil. Mientras corría pensando en aquello, tropezó y estuvo a punto de caer. Consiguió recuperar el equilibrio y continuar corriendo. Ahora no podía parar.

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        Los planeadores del dios Apophis cruzaron el cielo a gran velocidad perdiéndose en la altura. La guerrera de las amazonas miraba en ese momento el radar de su propia nave. Enemigos se acercaban a ellas y aún no habían conseguido acabar con el enorme poder de aquella nave ha'tak, debían actuar deprisa. Habían perdido muchas naves en aquella lucha, y una llegada de apoyo enemigo no era precisamente lo que les convenía en aquellos momentos. Pero, ¿qué debía hacer? Quizás la única solución era una retirada pero aquello supondría una deshonra ante su diosa. Ganar en la batalla o morir en ella, eso era lo que Shekmet la había enseñado. Y era sin duda lo que iba a hacer.
- El apoyo está en camino mi señor.- dijo el Jaffa mirando la pantalla de control del peltac.
- Estupendo.- dijo Apophis con una sonrisa.- En cuanto acabemos con esas naves quiero que pongas rumbo a Termodonte inmediatamente.
- La avería de las salas de despegue están a punto de ser solventada mi señor, pero...
- ¡Pero qué!.- exclamó con furia a la vez que sus ojos se iluminaban.
- Mi señor, me veo en el deber de recomendarle que tratemos de arreglar los posibles desperfectos de la nave antes de partir a esa batalla.- Apophis levantó la cabeza altivo. La verdad es que aquel pequeño inconveniente no le parecía muy importante. Tiempo tenía de sobra, y Shekmet tarde o temprano acabaría bajo su yugo.
- ¡Jaffa Kree!.- exclamó de repente.- Quiero estar en Termodonte con esta nave a pleno rendimiento. Si lo crees necesario... se harán esos arreglos durante el viaje. Sólo ese tiempo tendrás para solventarlos. Pero antes de atacar... un grupo de guerreros me traerá al niño, y el cinturón de Shekmet.
- Sí, mi señor. Como ordene.- dijo el Jaffa tratando de ocuparse todo lo deprisa que podía de las peticiones de su dios para estar preparados cuando antes. Nos les llevaría demasiado tiempo destruir a aquellas naves enemigas.


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        El sol había salido hacía sólo unos minutos. Jackson estaba exhausto en su intento por conseguir alcanzar el arma que podría sacarles de aquel lugar. Tras pensar unos segundos en un nuevo plan, y no conseguir ninguno, había optado por tratar de volver a intentar alcanzar el cuchillo.
- ¡Eh! Daniel...- musitó el coronel de repente mientras él miraba hacia atrás tratando de llegar hasta el utensilio cortante.
- Lo siento Jack, no consigo alcanzarlo.
- Daniel... tenemos compañía.- el arqueólogo levantó la cabeza para mirar al frente. Trató de incorporarse de su incómoda posición en cuclillas de forma que no levantara sospechas. Un grupo de unas diez mujeres ataviadas con extrañas corazas de plumas, con collares y ornamentos de todo tipo hechos de madera, así como con el rostro y parte del cuerpo pintados con diferentes colores, se acercaban a ellos.- ¿El circo llega al lugar?.- preguntó O'Neill mirando a Daniel.
- Van preparadas para realizar algún tipo de ritual.
- ¿No me digas? ¿Te refieres a la repartición de prisioneros sin notario?.- preguntó O'Neill con sarcasmo. El grupo se dispersó por una zona del terreno no muy lejos de donde ellos estaban. En una zona abultada con grandes ramas sobre el suelo, el grupo de amazonas comenzó a retirarlas y a amontonarlas, dejando al descubierto un montón de troncos sobre lo que parecía un enorme foso.
- Oh-oh.- dijo Daniel casi en un susurro. Por su expresión O'Neill supo que aquello no era nada bueno.
- ¿Qué pasa?.- preguntó sabiendo que no le daría buenas noticias.
- Es un foso.
- ¿Y?
- Bueno...- dijo él tratando de que su voz no sonara demasiado catastrófica.- Las Amazonas, por lo menos las mitológicas de la Tierra, realizaban ejercicios físicos para potenciar su poder y habilidad en la guerra, que normalmente era contra Grecia.
- ¿Ejercicios físicos?
- Ya sabes, se ejercitaban para el tiro con arco, para aumentar su rapidez... Eran muy buenas. Eran ágiles porque se ejercitaban en el foso o con otras compañeras. Muchas veces incluso a muerte. Pero bueno, son sólo referencias mitológicas de la Tierra. En nuestro planeta eran un mito, ni siquiera se sabe muy bien, si de verdad existieron o donde estaban ubicadas territorialmente, se piensa que en el Mar Muerto y...
- Ya. Pero eso es un foso, ¿no?
- Sí Jack, creo que sí.
- Entonces el mito se convierte en realidad. Por lo menos aquí. Y con ese nombre, "foso" lo que viene después sé que no me va a gustar nada, porque tiene que ver con "muertos" y no es precisamente el mar...- respiró con fuerza tratando de pensar con frialdad, ante lo que se les avecinaba.- ¿Intentas decirme que Carter va a tener que saltar sobre esos troncos, sobre ese foso, defendiéndose de una de esas "rostros pintados"?
- Creo que sí.
- Estupendo...- dijo cerrando los ojos.- ¡Para partirse el cuello!
- Bueno, no exactamente.
- ¿Ah no?
- La verdad es que si la caída no te mataba lo hacía...- dijo a la vez que señalaba hacia el grupo de mujeres que comenzaban a lanzar teas ardiendo al interior del foso al parecer repleto de leña que había comenzado a arder con furia. O'Neill agachó la cabeza con desasosiego.
- Tenemos que escapar como sea Daniel. Porque si no... Carter va a morir o "chamuscada" o de la parada repentina contra ese agujero.
- Estamos de acuerdo. ¿Alguna idea?.- El coronel miró hacia el cuchillo tan alejado de ellos.- No, esa no sirve, ya lo he intentado.- Miró a Daniel tratando de pensar todo lo rápido que podía.- No.- dijo el arqueólogo de golpe.- La telepatía tampoco funciona.- Jack cerró los ojos y luego suspiró. No podía creer que no tuvieran ninguna suerte en aquella situación. En ese momento comenzaron a llegar muchas más mujeres. Sin duda estaban a punto de reunirse allí mismo. Un pequeño grupo acompañado de la propia Hipólita traían sobre sus hombros la jaula de Carter usando para ello dos largas barras de madera. O'Neill miró hacia allí. Por lo menos estaban casi al completo de nuevo. Las Amazonas dejaron a la mayor junto a ellos sin sacarla de su pequeña prisión.
- Me alegro de veros.- dijo con una sonrisa. Sabía que la situación no les era para nada favorable, pero estar con ellos le hacía por lo menos que no fuera tan desastrosa.
- ¿Estás bien?.- le preguntó Jackson.
- Veo que con el mismo frío que vosotros, aunque un poco más encogida.
- Id a terminar de preparar la ceremonia.- dijo Hipólita ordenando a las mujeres que se alejaran de ellos. Luego miró a Carter.- Aún no hemos tenido noticias de nuestras guerreras.- dijo con un hilo de voz.
- Ni lo tendréis. Apophis las habrá aniquilado, y luego vendrá a por vosotras.
- Escúchale Hipólita.- dijo Jackson esperando que ella hiciera caso de lo que el coronel le acaba de decir.- Quizás aún no sea tarde y podamos ayudaros.
- ¿Y por qué pensasteis que necesitábamos ayuda?
- Porque ni no fuera así... no dudarías.- dijo el coronel. Hipólita le miró pensativa.
- Si me pongo en contra de mi dios, ella lo sabrá, y nos matará a todos.
- No.- dijo Jackson.- Ella no es un dios. Sólo os lo ha hecho creer. No puede saber lo que piensas.
- Nos matarán a todos si no nos sacas de aquí y nos dejas ayudarte.- dijo Carter.
- Déjanos que te demostremos que ella no es un dios. Que no puede manejaros a su antojo. Que sois libres.- le dijo Daniel.
- Tuya es la decisión.- le dijo el coronel.- De ti depende que viváis o que todas muráis.
- La ceremonia va a comenzar en breve. Shekmet estará presente.
- Convéncela para que tú seas la primera en luchar.- dijo O'Neill de repente.- Ella confía en ti. Carter luchará contigo.
- ¿Lo haré, señor?.- preguntó esta con sorpresa.
- Si yo se lo pido no me dirá que no.- dijo Hipólita.- ¿Pero ella aguantará?
- Siempre y cuando no sea en ese foso, aguantará.- dijo el coronel.
- Quiere hacerla sacerdotisa ahora que sabe que no es de la tribu.
- Perfecto. Convéncela para luchar juntas. No en el foso. Tú ganaras Hipólita, ella se dejará vencer.
- ¿Lo haré, señor?
- Claro Carter. De esa forma seremos libres nosotros también. Después buscaremos a Teal'c. Por cierto, ¿alguien sabe dónde está?
- En el templo. Seguirán tratando de sacarle información.
- ¿Tortura?.- preguntó Jackson con sorpresa. La joven asintió.- Dios...
- Ahora le habrán dejado solo, pues todas hemos sido convocadas aquí.
- No tenemos mucho tiempo.- dijo O'Neill.- Apophis hará acto de presencia en cualquier momento. Y si eso ocurre... estaremos perdidos.

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        Apophis sonrió con maldad. Había costado algunas bajas entre sus mejores pilotos, pero aquello ya no importaba. Habían reducido a polvo espacial aquellas naves enemigas. Ahora iría a recuperar lo que era suyo y reclamaría además las tierras y posesiones de Shekmet. Le había atacado y estaba en disposición de poder permitírselo. Aquel planeta de mujeres caería bajo su poder y haría de ellas futuras sacerdotisas a sus servicios. Se doblegarían a su voluntad, de eso estaba seguro. Las que dudaran, morirían.
- Mi señor, ponemos rumbo a Termodonte.
- Bien...- dijo sentándose en su trono frente al peltac de su nave.- Máxima velocidad.
- Sí, mi señor. Máxima velocidad sin alcanzar el hiperlanzamiento.- el Jaffa manejó con soltura el peltac para hacer que la gran nave de Apophis saliera de la órbita de aquel planeta a la máxima velocidad de los motores sin llegar a entrar en el hiperespacio. De esa forma tratarían de alcanzar el planeta mientras arreglaban los desperfectos ocasionados por los planeadores y naves de Shekmet.
- Que las naves de asalto estén listas para alcanzar el planeta antes y buscar a Harsesis y el cinturón.- dijo Apophis levantando altivo la cabeza. El Jaffa que estaba junto a él en el trono afirmó con la cabeza y se golpeó el pecho con el brazo derecho en señal de obedecer, saliendo segundos después a cumplir la orden. Si nada lo impedía, y eso era improbable dado las bajas con las que Shekmet ahora contaba, la victoria sería suya una vez más. Cuando acabara con ella todas sus posesiones pasarían a su poder, y ya no tendría que disimular ante aquella goa'uld para conseguir nada nunca más. Si era necesario la mataría por su osadía con sus propias manos.

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        Unos tambores comenzaron a sonar con fuerza a un ritmo vertiginoso. Un grupo de mujeres comenzaron a danzar frenéticamente delante del foso. Jackson se hubiera sentido feliz de disfrutar de aquel rito ancestral llevado por aquellas guerreras si no fuera porque en esos momentos sus ansias de salir con vida de allí superaban con mucho a las de su insaciable curiosidad arqueológica. Un planeador salió en ese momento de la nave ha'tac y se dirigió hacia allí a gran velocidad. Vieron como se detenía justo encima de una gran plataforma de piedra en donde había un gran trono de madera adornado con flores y plantas. Los anillos del pequeño planeador se pusieron en marcha. Segundo después de aquel zumbido, la goa'uld Shekmet ataviada con un enorme casco color oro con forma de cabeza de leona, vestida de amazona con plumas de gala, portando en su cintura el enorme cinturón de oro y una enorme capa de piel de león, hizo acto de presencia. O'Neill la miró desde su posición detenidamente. Sin duda era altiva como todas las reinas goa'uld que había conocido hasta entonces. Los tambores detuvieron su sonido y el grupo de bailarinas dejó de danzar. Shekmet avanzó entonces hacia el trono y se sentó en él. Hipólita se colocó a su lado derecho portando su arma lanzadera en la mano derecha. Carter trató de ver en ella de nuevo la duda que hacía sólo unos segundos les había mostrado. Aún no estaba convencida de que aquella mujer cediera al plan que habían trazado tan deprisa. No quería admitirlo, pero en ese momento dependían de lo que ella hiciera para salir vivos de allí. Shekmet se puso en pie y todas las amazonas se agacharon a la vez en un acto de reverencia. Se llevó la mano derecha portando el ribbon device al cinturón y se dispuso para hablar a todas aquellas mujeres.
- Aún esperamos recibir noticias de nuestras guerreras que seguro vencieron en esa batalla contra aquel que quiso doblegarnos. Celebramos este día que quedará en el recuerdo de todas nosotras, como el día en que Apophis cayó ante nuestra supremacía y para ello usaremos a aquellos que ha enviado en nuestra contra.- Miró entonces hacia los postes y la jaula en el que Jack, Sam y Daniel veían casi en primera fila cómo se desarrollaba la ceremonia. Los tambores volvieron a sonar.
- Pero será... engreída, presuntuosa... vanidosa... presumida... - musitó O'Neill enfadado.
- Además de petulante, envanecida, fatua y pretenciosa.- comentó Jackson con desdén.
- Idiota.- alegó O'Neill mirando a Daniel.- Tonta de capirote.- Jackson afirmó aquellas palabras convencido.
- Parece muy segura de sí misma.- comentó Carter sin perderla de vista.
- Es una goa'uld. Se supone que ese es su papel.- dijo Jackson pensativo.
- ¿Y si ha vencido?.- preguntó de repente Carter.
- ¿Lo cree posible, mayor?.- dijo O'Neill esperando que ésta la contestara.
- Bueno, sí sabía que Apophis era muy superior, ¿por qué arriesgarse? Algo tendría a su favor para intentarlo, digo yo.- contestó ella.
- ¿Aparte de su ego?.- dijo Daniel en tono sarcástico.- Egocéntrica... eso también la pega.- En ese momento los tambores se detuvieron de nuevo. Shekmet levantó el brazo para avisar de nuevo que iba a hablar.
- He decidido por tanto sus Destinos. La mujer luchará con una de vosotras. La vencedora tendrá la oportunidad de disfrutar a su gusto con uno de los hombres aquí presentes. Todas tendréis oportunidad para poder sonsacarle información al Jaffa y aquella que lo consiga será suyo. Yo dispondré del que sobra. Y en cuanto a la mujer... si pierde se la hará portadora de un hijo de los dioses para unirse a nosotras aunque sea como esclava, y si gana, cosa improbable... yo misma la mataré.
- Vaya.- musitó Sam con un suspiro.- No tengo muchas opciones.- O'Neill la miró. Esperaba que aquello no ocurriera. Debía de impedirlo a como diera lugar.
- ¿Quién de vosotras desea darla muerte?.- preguntó de repente. Varias mujeres dieron un paso adelante.
- Será un honor vencerla en el foso, mi señora.- dijo una de ellas. Shekmet sonrió.
Hipólita miró hacia los prisioneros. ¿Qué era lo que debía hacer? Aquella pregunta la hacía sentirse muy pequeña al lado de Shekmet de pie a su lado. Debía decidir entre permanecer en su posición privilegiada hasta el momento a las órdenes de su diosa, o ayudar a aquellos extranjeros a escapar y conseguir una supuesta libertad para ella y el resto de las Amazonas sin saber siquiera si era sólo una simple artimaña. O'Neill miró hacia la joven. Si no hacía algo, aquella Amazona no lo iba a hacer por ellos. Todos morirían en aquel lugar y no estaba dispuesto a que aquello ocurriera, no sin tener la oportunidad de lucha.