Oblivion

Escrito por: Amaunet

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Nota: Archivo PDF en preparación

        CAPITULO 3

        Era fácil seguir a aquella mujer por los túneles de aquel lugar. Era un Jaffa y el sigilo era una de sus habilidades. Además, la oscuridad de los pasillos le ayudaba bastante en ese propósito. La joven salió de la sala principal y el hábil Jaffa la siguió sin emitir ruido alguno. Hubo de detenerse un par de veces. Una vez la joven quedó sumida en las sombras al alejarse de la estancia principal, encendió una tea que encontró en el camino y avanzó de nuevo. Por el momento su único plan era salir de allí a como diera lugar y tratar de comprender donde estaba.

        Avanzó por el pasillo asiendo la tea con una mano y sin soltar su lanzadera Jaffa con la otra. Tras recorrer el recto pasillo divisó luz a lo lejos. Soltó la tea sobre un soporte y avanzó de nuevo: con extrema cautela. La mujer debía haber salido por aquel lugar. Era sin duda la única salida. Se detuvo cuando la luz exterior le alcanzó. No deseaba ser visto por el momento. Asomó la cabeza por la salida esperando verla de nuevo... y la vio entonces alejarse por una larga avenida repleta de gigantescas esfinges de alabastro, unas seguidas de las otras. Teal'c trató de pensar... aquel sin duda no era el planeta al que habían llegado hacia horas. Tenía que estar en otro lugar.

        Cuando se sintió seguro y a solas dio unos pasos para salir del recinto. Se giró para poder mirar el edificio del cual acaba de salir. La entrada poseía esculpido el mismo rostro que había visto dentro, aquel al que la mujer había estado venerando. Al mirar a su alrededor vio otras edificaciones... y comprobó que el lugar poseía una estructura mayor en su centro (lugar al que probablemente se dirigía la joven) y una enorme muralla, tan blanca como las esfinges que ahora lo observaban. Ni rastro de sus compañeros.

        No tenía demasiadas opciones. Parecía haber salido de un templo, la mujer parecía una sacerdotisa... ¿cómo habría llegado a un lugar así que en nada tenia que ver con la estructura de piedras erigidas en círculo que habían estado contemplando? La curiosidad le hacía querer saber aún más sobre el lugar en el que estaba, quizás fuera la clave para localizar a sus compañeros si estaban con él. Pero la prudencia, le hizo mirarse así mismo. Iba vestido de forma demasiado llamativa como para pasearse por la zona.

        De nuevo vio acercarse un punto lejano por la larga avenida de cuerpos leoninos recostados. Teal'c se acercó a una de las colosales esfinges quedando oculto entre sus seguramente casi cuatro metros de alto, y al menos ocho de largo. Esperó impaciente el escuchar los pasos más de cerca. Se asomó prudentemente para comprobar que ocurría. De nuevo aquella mujer... sola... portando un cesto en su costado derecho, caminando por el lado de las esfinges donde el Jaffa se había ocultado. Soltó la lanzadera junto a la peana de la gigantesca esfinge y esperó. Poco tardó en escuchar con más nitidez el sonido de las pisadas. Se preparó, dispuesto a saltar sobre su presa que pasó con tranquilidad su escondite sin temer nada. Teal'c en un movimiento rápido asió la muñeca de la joven que del susto soltó el canasto donde portaba panes, que rodaron por el suelo. Tiró de ella, usando su otra mano libre para colocarla sobre su boca impidiendo que gritara. La espalda de la joven quedó contra la ropa de Teal'c mientras éste la sujetaba con fuerza. Ella trató de debatirse pero jamás hubiera esperado un asalto de ese tipo. Trató de zafarse, de soltarse de aquel que la sujetaba con tanta fuerza.

- No voy a hacerte daño.- dijo el Jaffa con la voz más suave y tranquila que pudo emitir su garganta. La joven dejó de moverse, respirando con fuerza debido a la situación de peligro en la que sentía encontrarse.- No grites... por favor...- Despacio, Teal'c quitó su enorme mano del rostro de la mujer. La soltó la cintura, y ella se giró para mirar a su agresor cara a cara. Teal'c pudo ver en sus negros ojos la perplejidad absoluta.

- ¿Quién eres? ¿Cómo has entrado al recinto? – preguntó armándose de valor al verse liberada.

- ¿Qué lugar es este? – preguntó él con la misma curiosidad. Ella le miró aturdida. Era tan grande como uno de los guardias... pero sus ropas no eran las de los encargados de mantener el recinto seguro. Estaba completamente segura, aquel debía ser extranjero, pero sus ropas le confundían. Jamás había visto indumentaria igual.

- Llamaré a la guardia si no me dices cómo has logrado acceder al recinto sagrado.- dijo ella armándose de valor. Teal'c se fijó entonces en su cuello, la joven portaba un signo que le era conocido... un pilar dyed que había visto en alguna ocasión.- ¡Quién eres! ¡De donde has salido! – casi gritó ella llevándose la mano al cuello al ver que el hombre llevaba su vista allí. Teal'c la miró tratando de mostrar calma.

- No sé donde estoy... ni cómo he llegado aquí. Ni siquiera sé quién soy.- dijo con seriedad. Esperaba que su última confesión falsa, se notara menos entre las dos primeras verdades. El símbolo que la joven ahora agarraba con sus manos era una de las muchas joyas que los propios goa'uld ostentaban... estaba en problemas.

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        Tras haber permanecido unos segundos en el suelo contemplando con horror lo que parecía estar viviendo. Estaba en plena guerra sólo dios sabía donde. El ruido del choque de metal, escudos golpeándose, el siseo de las flechas... toda una mezcla de sonidos de guerra le llegaban tan de cerca que era complicado tratar de hacer como si aquello no estuviera ocurriendo y fuera todo un mal sueño. Había logrado levantarse y correr sin mirar atrás de nuevo alcanzando una zona de pendiente que bajó casi arrastrándose y que comenzaba en uno de las altas torres de aquella fortificación. Tras protegerse tras la espesura de altos matojos detuvo su carrera vertiginosa. Y allí respirando con fuerza, agotado por la carrera vertiginosa y la incertidumbre del momento, se había dejado caer de rodillas entre los arbustos, dejando tras de si el ruido de hombres contra hombres.

        Levantó la vista y entonces se percató de que frente a él se extendía agua... No sabía si el mar... si un río pero agua al fin y al cabo. El cielo estaba despejado, podía ver incluso tierra al otro lado. ¿Cómo era posible que estuviera en un sitio tan diferente del que había empezado? Aquello no podía ser el planeta al que él y sus compañeros habían llegado. Tenía que estar en otro lugar, pero ¿cómo? Su respiración se calmó. Se giró y rebuscó entre los bolsillos de su chaleco. Tanteó hasta localizar unos prismáticos de mano. Tras quitarse las gafas y guardarlas en un bolsillo se los llevó a la cara y miró a través de ellos. Una marabunta de cuerpos luchaban unos con otros. Estaba seguro de que por su indumentaria debían ser griegos, posiblemente antiguos. Los escudos enormes, las espadas de empuñaduras grandes y filo más corto... Su cerebro bullía recogiendo información: ciudad amurallada, con puerto o por lo menos bastante cerca del agua.

- ¿Dónde diablos estoy? – se dijo casi entre dientes. El ruido era ensordecedor. Llevó sus prismáticos más a la izquierda y vio como un hombre perseguía a otro, corriendo hacia allí. Jackson se quitó los prismáticos de la cara. ¡Estaban casi encima! El perseguidor gritaba como si estuviera poseído, mientras el perseguido, aún estando armado, trataba de huir.

- Lo va a alcanzar... lo alcanza...- musitó entre dientes. Jackson levantó su arma de menor calibre y apuntó. ¿Debía disparar? No sabía donde estaba. Si aquello era otro planeta ¿podía salvar a aquel hombre que huía por salvar su vida? – ¡Es una vida! – se dijo para convencerse. Sujetó el arma con fuerza y apuntó al perseguidor justo cuando alzaba su afilada espada contra el perseguido que se giró de golpe para tratar de defenderse en un último esfuerzo por defender su vida.

        El trueno del sonido del arma hizo detener al perseguidor su espada en el aire. De un solo disparo, Jackson lo había alcanzado en el pecho. La afilada espada cayó al suelo, y el perseguidor quedó de rodillas. El perseguido se giró asustado mirando a todos lados y viendo solo maleza alta. Había vencido en una lucha en la que ni siquiera había participado.

- Ares ... a ti me encomiendo por salvar mi vida.- dijo. Jackson se puso en pie dejándose ver. El hombre le miró, aturdido. No parecía muy grande para ser la visión del señor de la guerra. Bajó la mirada y su espada ante Daniel.- Salvaste mi vida. Protege a los míos, te lo suplico.- Jackson se quedó pensativo. Le confundía con un dios griego. La verdad es que en aquel momento no estaba seguro si aquello le convenía dada las circunstancias.- Tu rayo es infalible.

- Ahm... lo es.- dijo dudoso.- ¿Quién eres? – el joven levantó la vista. De complexión no muy grande, portaba el uniforme que el propio Daniel había visto salir de la enorme puerta de la gran muralla. Quizás dado que lo había ayudado, le permitiera refugiarse al otro lado de los muros. El traje que portaba era engañoso con respecto a su complexión. De pelo largo y castaño, ojos verdes como los de un gato le miraba con expresión de suplica.

- Heleno. Y a tu mano me confío, señor de la guerra.- Miró que había sido vendado en un brazo, quizás herido por una flecha.- Permitiste que viviera tras mi herida, y ahora intercedes para ayudarme.

- Este lugar no parece seguro... Heleno.- dijo Daniel tratando de que su tono de voz sonara normal. Sus ojos se volvieron opacos. Daniel vio como su vista se perdía tras él. Jackson se giró pero algo le golpeó en la cabeza. Entonces lo único que vio fue oscuridad.

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        Tiró de la cuerda con fuerza para izar el cubo del pozo. Desde aquella posición era más sencillo poder mirar a su alrededor con naturalidad. Parecía estar en una aldea. Las casas se amontonaban unas junto a otras. Había sin duda dos edificios representativos, un bello castillo en lo alto de un promontorio completamente pelado y con un camino que alcanzaba la entrada. Seguramente una enorme puerta de madera. Había casas esparcidas por la zona, pero la que destacaba sobre las demás, era la iglesia. La distinguió por la cruz sobre el campanario.

- “ ¿Cómo diablos he llegado aquí? - Se preguntó aturdida. Estaba claro que no estaba en PA6-014. El planeta no podía tener humanos. Era lo que la UAV les había indicado. Es verdad que no había hecho un reconocimiento total del planeta entero... pero no se habían movido de aquella construcción en piedra.- “ Solo se me ocurre que ese conjunto de piedras fuera algo más que un monumento. Había luz en los huecos que aún no podemos explicar. Creíamos que era una construcción de Los Antiguos. ¿Un teletransportador? Estoy en otro lugar, eso está claro”.- Las ideas se agolpaban en su cabeza. Notó que ya no podía tirar más de la cuerda del pozo y entonces se percató de que el cubo estaba ya fuera golpeando contra la polea y haciendo caer el agua de nuevo dentro. Trató de acercarlo al borde para llenar su propio cubo.- “ Daniel hablaba de piedras antiguas. Stonehenge es antiguo... esto es una aldea no parece una comunidad troglodita”. - Volcó el contenido del cubo del pozo derramando sin querer parte del agua sobre su falda. Y entonces escuchó cascos de caballos. La gente salió de las casas. Algunos siguieron en sus labores, otros miraron hacia allí. Sam se giró y vio a un grupo de hombres a caballo vestidos con botas altas, pantalones de gruesa tela y algunos incluso portaban capas. Eran al menos seis jinetes, y se detuvieron frente al puesto del herrero que salió de su lugar de trabajo.

- ¿Necesitan mis servicios caballeros? – preguntó el joven herrero. Los caballos parecían agotados.

- ¡Mujer! – Sam se sobresaltó al ver que uno de aquellos hombres, sobre el lomo de un caballo negro como el azabache la miraban a ella.- Acerca tu cubo hasta aquí para aplacar nuestra sed.- La mayor se quedó pensativa. Quizás no debía inmiscuirse, ni siquiera sabía dónde estaba. Pero no hacerse pasar por uno más, quizás la traería problemas.- ¿Es que no escuchas mujer? – insistió el tipo de nuevo. El herrero también la miró. Sam sintió que estaba llamando la atención demasiado. Sin decir nada más, tomó la cuchara de madera colgada de una de las maderas del pozo y la coló dentro de su cubo, cargando luego ambos hasta donde los seis jinetes esperaban.- Uno de nuestros caballos necesita ayuda con sus herraduras.- dijo el hombre volviendo a la conversación con el herrero. Sam se detuvo, dejó el cubo en el suelo, llenó el cazo de madera con agua y se lo alzó al hombre sobre su caballo. Este bebió con rapidez el contenido.

- No será problema.- dijo el herrero.- ¿Vienen a ver al señor de Gisors? – el hombre se limitó a asentir mientras saciaba de nuevo su sed con el segundo cazo de agua que Sam le entregó.

- Así es...- se limitó a decir.

- Ha regresado hace poco...- comenzó a decir el herrero.

- Lo sabemos...- le interrumpió el caballero.- El animal ha de estar herrado lo antes posible. Partiremos en breve.

- Estará listo antes del mediodía.- dijo el herrero. El caballero se giró y le entregó el cazo de nuevo a Carter.

- Ha saciado mi sed, señora. Dios se lo pague.- Carter tomó el cazo y se limitó a asentir y sonreír sin decir una sola palabra. Uno de los hombres se bajó del animal que montaba entregándole las riendas al herrero. Tras subir a la grupa del caballo de uno de sus compañeros parecieron listos para partir. Sam se apartó al ver que el caballero que había hablado, espoleaba de nuevo su montura. Una polvareda se levantó tras los cascos de los jinetes alejándose hacia el castillo, tomando el camino que llevaba hacia su entrada.

- ¿Quién eres? – preguntó el herrero. Carter se giró para mirarle. Sin duda se dirigía a ella.- No eres de Gisors.- Sam se limitó a negar con la cabeza.- ¿Acaso eres muda? – preguntó de golpe.

- No.- se limitó a contestar ella.

- ¿De Vernon? ¿De Gaillon? – volvió a preguntarle él.

- Algo más... lejos.- se limitó a decir. Aquel interrogatorio cada vez le gustaba menos.- ¿Habla este tipo de lugares en francés? – se preguntó aturdida.

- ¡De Bernay! – casi exclamó el herrero. Cansada del interrogatorio afirmó.- ¿Tienes familia aquí? – Sam se limitó a negar con la cabeza.- ¿Una mujer sola viene hasta Gisors desde Bernay para no ver a nadie?

- “ Turismo... ¿sabrá lo que es hacer turismo?” – se preguntó así misma. Se limitó a asentir con media sonrisa.

- Mi nombre es Jean.

- El herrero... – dijo ella. El joven la miró. Era realmente rara. Acababa de presentarse, y parecía no dispuesta a decir absolutamente nada de sí misma.

- Esa es mi profesión... Y dado que vienes desde tan lejos, supongo que necesitarás un lugar donde alojarte. Por unas pocas monedas...

- No poseo dinero.- le interrumpió ella. Jean le miró. Viajaba sola, sin dinero. Jamás había conocido a alguien así.

- Entonces, tendrás que trabajar. Madeleine podrá ofrecerte un lugar donde dormir, y un plato de comida a cambio de ayuda. Posee alojamiento dos casas más abajo, junto a la iglesia.

- Gracias.- se limitó a decir. Sam tomó de nuevo el cubo alejándose de Jean y devolviendo el cazo de madera a su lugar. Luego, cargada con el agua que quedaba... avanzó esperando que el herrero se olvidara por completo de su presencia.

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        Tuvo que pellizcarse dos veces para comprender que no estaba soñando. Que no se había golpeado la cabeza y que lo que estaba viendo, era tan real como él mismo, con los ojos como platos contemplaba aquel espectáculo. Tras ponerse en pie, trató de medir las consecuencias. No estaba donde debería estar... ¡y estaba contemplado a una especie en extinción! Las cosas no iban bien, sin duda iban muy mal. Aquellos cuatro saurios, no debían estar allí... tres gigantes y una cría. ¿Y que pintaba él en una película de dinosaurios?

- “ Hay que mierda... hay que mierda...” – miró a ambos lados con desesperación, la explanada tenía tras él lo que parecía un grupo de árboles muy altos, a la izquierda una zona de rocas... y aquellos seres los tenia enfrente, junto a la laguna, caminando con total naturalidad como si el que estuviera fuera de lugar sencillamente fuera él. Unos veintitrés metros de reptiles andantes. De repente sintió como el suelo parecía vibrar. Impresionado por lo que ante sus ojos se alzaba, se acuclilló en el suelo cuando vio salir a un enorme dinosaurio más de la zona rocosa.

        Casi se sentó del susto al reconocerlo la situación que se avecinaba. Más pequeño que aquellos enormes animales, de unos doce metros de largo y unos tres metros de altura, sus dos brazos pequeños en el pecho con enormes garras, su enorme cabeza dentada emitía un fuerte grito que helaba la sangre. Sus dos poderosas patas traseras corrían hacia el grupo menor de herbívoros a velocidad pasmosa. Tras él, dos más… una pequeña manada dispuesta a atacar al grupo de herbívoros. Los bramidos de estos les hizo ponerse al pequeño grupo en guardia. En unos minutos O'Neill contempló atónito como la cría era arrancada del grupo por los tres cazadores, uno de ellos incluso llegó a ser alcanzado con la cola de uno de los cuidadores atacados. El pequeño acabó en las fauces del grupo carnívoro que no necesitaban más que sus gigantescas bocas dentada para ganar la partida.- Acabo de dejar de ser el miembro superior en la cadena alimentaria. - pensó O'Neill comenzando a echar a andar sin perder de vista al grupo atacado... y al grupo de reptiles cazadores que ahora disfrutaba de su presa con total tranquilidad.

        Tardó unos minutos que se le hicieron eternos en encontrarse protegido en la zona boscosa. Respiró con fuerza mirando el lugar del encontronazo de dos especies sin duda extinguidas. No era realmente un experto, pero algo tenia claro: animales tan enormes como aquellos herbívoros sólo habían existido en el Jurásico. Si como creía, el grupo de herbívoros eran Brachiosaurus, dado que eran tan grandes que él, con su altura, sólo les hubiera llegado a las rodillas, el grupo de cazadores debían ser una manada menor de Allosaurus , más pequeños que el temido Tyranosaurus Rex que había visto hasta ahora en documentales en la televisión, y que nunca habían convivido con seres tan enormes. Eso sí… los Allosaurus eran los más temidos y voraces del jurásico. Si sus compañeros estuvieran cerca...

- Mayor ¿me recibe? – dijo activando su radio. El sonido de estática era absoluta.- ¿Daniel? ¿Teal'c? – la respuesta fue la misma: silencio. No podía creer que aquello fuera real. Tenía que ser una pesadilla. Estaba completamente solo en un mundo donde el hombre aún ni existía. Salvo ahora él… conviviendo con seres jurásicos. Estaba convencido después de lo que había presenciado, si la Madre Naturaleza hubiera querido que el hombre se extinguiera, lo hubiera puesto en aquel escenario donde por muy inteligente que pudiera ser, sólo era una “hamburguesa caminante”.- ¿Mayor puede escucharme? – y en respuesta, el bramido de la hembra que acababa de perder a su cría llegó hasta sus oídos. Estaba solo, y en un lugar hostil. Estaba armado pero ¿cuántas balas serían necesarias para tumbar a un atacante de esa envergadura? ¿Cómo iba a salir de un lugar al que no sabía como había llegado? Mataría a Daniel si salía de esta por sus geniales ideas tipo “primero tocar”, y luego asumir las consecuencias. Se giró sintiendo la humedad de aquel bosque de altos árboles. Necesitaba un refugio... y hacer fuego. Quizás no fuera tan grande como un dinosaurio pero ellos al fin y al cabo se habían extinguido y el hombre había evolucionado en su época. Esperaba que aquello fuera suficiente para mantenerse con vida el tiempo necesario para pensar cómo volver al lugar tan aburrido del que había partido.

 

CONTINUARÁ...